PLAZA DE NUESTRA SEÑORA DEL PILAR.

La plaza de Nuestra Señora del Pilar es sin lugar a dudas y por muchas causas el espacio de mayor representatividad de la ciudad de Zaragoza. Las razones que operan para que esto sea así son múltiples, en primer lugar por estar situada en pleno corazón de la urbe, dentro del perímetro de la muralla romana donde la historia se plasma en forma de mitos y tradiciones que perduran y hunden sus raíces hasta casi el mismo origen fundacional de la ciudad.
Otras muchas razones son:  la trascendencia de los monumentos que la orlan, las enormes dimensiones, la monumentalidad del espacio urbano, lo diáfano del diseño y el hecho de ser totalmente peatonal, la convierten en sitio preferente para todo tipo de celebraciones ciudadanas.

Esto no siempre fue así, de hecho las colosales dimensiones actuales son obra del siglo XX. Anteriormente la plaza del Pilar contaba con poco más que el espacio libre de edificaciones frente a la basílica del Pilar.

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Imagen de la plaza del Pilar anterior a la reforma de los años 30.

La reforma proyectada en los años 30 fue concebida por el arquitecto Regino Borobio. En síntesis se trataba de conformar un gran espacio unificado entre las catedrales del Pilar y del Salvador, es por ello que fue denominado Avenida de las Catedrales, nombre que ha devenido popularmente a denominarse el Salón de la Ciudad.

Con objeto de conseguir el espacio necesario para tal efecto se tuvieron que derribar manzanas enteras de viviendas, perdiendo por consiguiente un elevado número de edificios de valor patrimonial, aunque quizá ninguno de gran calado monumental. Palacios como los de Ayerbe o Aytona sucumbieron a la piqueta y la fisonomía de esta antigua parcela de ciudad iba a cambiar radicalmente para siempre.

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Abigarrado conjunto urbano que desapareció con la reforma, en el centro de la imagen el palacio de Ayerbe.

Las indicaciones generales del proyecto de Borobio trataban de conseguir un conjunto armónico y de proporciones monumentalistas que resaltasen los grandes monumentos ya existentes sin quitarles un ápice de protagonismo.
Para ello y siguiendo estrictos preceptos arquitectónicos del régimen del momento, concibió una serie de actuaciones consistentes en ordenar los vacíos resultantes con el objeto de dotar de unidad al espacio urbano.
Como resultado de la intervención el eje visual cambia la panorámica de cada monumento al perder su pequeño espacio íntimo previo dejando por otra parte a los monumentos exentos de edificaciones satélites.

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Regino Borobio proyecta cuatro grandes manzanas que van a ocupar el espacio destinado a nuevas edificaciones, es el momento que se aprovecha para que las instituciones representativas de poder sitúen sus sedes a lo largo de todo el eje de la plaza. Las nuevas manzanas iban a ser destinadas a hospedería y juzgados al oeste, delegación de gobierno y ayuntamiento al este.

Los criterios estéticos genéricos son trazados desde el principio;  líneas sencillas sin apenas alardes decorativos. Las plantas bajas con porches adintelados de piedra ayudan a enfatizar la sensación de conjunto. Las fachadas son de ladrillo visto con vanos jerarquizados en función de la altura y balcones corridos en la primera planta. Todas las intervenciones que en su mayoría fueron firmadas por el propio Regino Borobio siguen las directrices marcadas por el proyecto inicial, el resultado por lo tanto es muy sobrio y de marcado carácter monumentalista pero algo monónoto en su conjunto, dada la carencia de decoración y la tendencia a la unificación a la que rinden tributo los nuevos proyectos. Por otra parte resultan evidentes las referencias a la arquitectura local y al movimiento racionalista.
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Un caso particular es el núcleo que va a ser destinado a ser sede del nuevo ayuntamiento de la capital aragonesa, cobra especial protagonismo por estar situado entre los dos principales monumentos existentes previos y por lo tanto espacio de transición entre ambos. Compositivamente es una interpretación de la Lonja, edificio fundamental del renacimiento civil en Aragón. Su proyecto se llevó a ejecución a partir de la década de 1940 y entre los arquitectos que colaboraron están José de Yarza y José Beltrán. El ayuntamiento es de entre los nuevos proyectos para la plaza del Pilar, el de mayores pretensiones formales y decorativas.
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En el interior destaca la escalera principal inspirada en la existente en el palacio de la Aljafería.
Magníficas techumbres de madera cubren tres de los principales salones, las tres provienen del desaparecido palacio de Osera y su datación corresponde al siglo XVI. Junto a la entrada principal dos grandes esculturas, la de San Valero y la del Ángel Custodio de la Ciudad, llevan la firma de Pablo Serrano.
Destaca de igual modo el soberbio alero de madera tallada que remata el edificio, fiel a la tradición aragonesa.
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